Es curioso cómo a veces la amistad consiste en echarle la mierda propia al otro. A mí me pasa con Lorena, mi compañera del trabajo (ahora que lo pienso me pasó más veces, y siempre con amigas...), que desde que lo ha dejado con su novio no tiene otro tema de conversación y esta semana ya tuve que cortarla y decirle que no me lo contara y que su vida giraba en torno a si tener o no tener novio, esa era la cuestión. Para alguien como yo, además, que no sabe muy bien qué es eso de tener novia, es una tortura muy difícil de entender.
El caso es que, a veces, cuando comemos juntos, me doy cuenta de que a ninguno de los dos le importa un pijo lo que el otro le está contando, que no hay verdadero diálogo, y que la cosa se limita a tener un váter delante donde poder vomitar el malestar del día anterior. Y así, aquel día, cuando le espeté lo de que su vida estaba vacía de objetivos más allá del de tener pareja, ella me contestó que la mía era un coñazo de planificación y que parecía la vida de un viejo. Así que discutimos un poco -no mucho porque en el fondo nos apreciamos- sobre cuál de las dos filosofías merecía más la pena y, por supuesto, cada uno creía tener la razón.
Pero al día siguiente, misma hora mismo lugar, me dio por contarle -esta vez yo- que, hacía un par de semanas, había conocido a una chica en un bar y que hoy jueves, como casi todos los jueves -ella se rió lo suficientemente poco como para que yo no me ofendiera y siguiera-, iría a tomar algo con los amigos y probablemente la vería. Entonces cometí el grave error de preguntarle qué debía hacer...
Lorena opinaba que debía pasar de ella, defendía, sin saberlo, la filosofía esta de que "a las mujeres, como a las pelotas de frontón, cuanto más fuerte les pegas, antes vuelven". Yo le dije que pensaba hacer todo lo contrario, ir a hablar con ella y si la cosa iba bien pedirle el número de teléfono para llamarla y quedar otro día. Según Lorena esta era la peor estrategia del mundo (más propia de un viejo aburrido y planificador que de un joven vigoroso y astuto), y desembocaría en el desastre físico, como dijo aquél. Yo entonces ya me reboté un poco y le dije que no tenía ni puta idea, y que cómo coño se suponía que se debía conocer a alguien si no era yendo a hablar con él e intentando quedar para seguir conociéndose. No sé, como hacen los personajes de las pelis de Woody Allen, ¿no? Un día te la presenta un amigo, luego coincides con ella en la pista de squash, luego una cita y así sucesivamente... No sé, ¡lo natural, joder!
Pero nada, mi estrategia estaba equivocada en lo esencial: que ella no me conocía y que, por lo tanto, desconfiaría y no querría quedar conmigo. ¡Acojonante!, desde luego, si esa era la mentalidad de las chicas de por aquí un tipo como yo lo llevaba bastante crudo...
Cuando llegué a bar esa noche ella ya estaba allí. Acompañada de su amiga de la vez anterior y de un tipo que parecía ser el novio de su amiga. Yo saludé a los míos y estuve un rato con ellos hablando de fútbol, pero pensando en lo que Lorena me había dicho al mediodía y dudando un poco de qué hacer, si seguir su consejo y no hacer nada, o si serme fiel a mí mismo y tirarme a la piscina. Al final conseguí juntar las fuerzas suficientes para serme fiel a mí mismo (que son muchas más de las que se necesitan para no hacer nada) y fui hacia ella. La saludé y le pregunté si se acordaba de mí, me sonrió y me respondió que sí, y empezamos a hablar del tiempo. Mientras la amiga me miraba con gesto de "este está claro que quiere algo con mi amiga", yo intentaba hacer de la conversación algo interesante o, al menos, entretenido, pero nada, la chica en cuestión no me prestaba mucha atención y respondía a mis preguntas con monosílabos.
Empecé a pensar que Lorena tenía razón...
Ya a la desesperada opté por la táctica de ganarme al otro chico del grupo, el novio de la amiga, para ver si así ellas dos me aceptaban mejor y la cosa podía avanzar. Fue entonces cuando lo vi: mientras hablaba de baloncesto con Mike, que era muy alto y americano, la chica en cuestión y su amiga se pusieron a cuchichear sobre mí allí mismo, y luego las vi seguir señalando y cuchicheando de todo quisqui que entraba en el local y que a ellas parecía sonarles de algo. Cuando terminé de hablar con Mike, que, por cierto, era un tío majo y en un momento dado se burló de ellas dos porque se reían de un chico que llevaba unas pintas bastante estrafalarias y él les dijo que no todo el mundo podía ser tan guapo como ellas, me despedí cagando leches y salí a fumarme un cigarrillo fuera del bar.
Me senté en el portal de en frente y desde allí llamé por teléfono a Lorena. Le dije que había acertado, pero que yo tenía razón. Me preguntó cómo podía ser eso y le expliqué que porque ella había juzgado la situación poniéndose a sí misma como ejemplo, pero que Kant decía:
"Obra sólo según una máxima tal que quisieras que se convirtiera en ley universal de comportamiento para cualquiera y en la misma situación". Ella se rió y me dijo que era verdad, pero que así no me iba a comer un rosco. Le dije que podía ser y lo dejé correr, pero por dentro pensé: "Por supuesto que no me comeré un rosco con alguien como tú ni como esa chica del bar, pero es que para eso prefiero estar solo".