viernes 6 de noviembre de 2009

Tienes menos futuro que Pavarotti bailando el Hula-Hop*

Como hacía justo un año eran las fiestas de San Mateo y yo buscaba aparcamiento alrededor de Plaza España. Y como hacía un año no lo encontraba y aparcaba en un paso de zebra. Le mandé un mensaje a Bonnie que decía: "No te lo vas a creer, pero, como hace justo un año, la noche en que nos conocimos, acabo de aparcar en un paso de zebra. ¡Despiértame mañana temprano, jaja!".
Hacía cosa de un mes nos habíamos vuelto a enrollar, y desde entonces nos mandábamos algún mensaje y tonteábamos. Y, como hacía justo un año, esta noche nos volveríamos a acostar, o eso creía yo... A eso de la una de la mañana me llamó y me dijo que se volvía a volver para casa, la casa de su madre, en Arkansas.
Le pregunté si estaba de coña y me respondió que no, que su madre había caído enferma y que quería cuidarla. Me quedé de piedra y, de verdad, si me pinchan no sangro. Me dijo que lo sentía y que quería verme antes de irse, así que quedamos en la Plaza del sombrero en media hora.
Fuimos a dar un paseo hasta que nos sentamos en un banco del parque y ella estaba tan cariñosa que hasta me dio pena. Le pregunté si quería que durmiera con ella y me contestó que sí, pero que sin follar, que estaba muy afectada por la repentina noticia y que no le apetecía.
El hecho de saber que no todos los días son fiesta me relajó, como si se tratara de una batalla perdida de antemano, y el resto de la noche estuve de muy buen humor y despreocupado. Y, aunque una vez en su cama, intenté varias incursiones infructuosas por distintos flancos, no me molestó que me volviera a rechazar y la noche continuó por los mismos derroteros de desenfado que Bonnie había instaurado en aquel banco con su polémica declaración de paz.

Por la mañana nos despertamos temprano y yo con esta especie de sinceridad confesional que le entra a uno después del sexo, pero sin que lo hubiera habido, le dije a Bonnie que lo que más me fastidiaba era pensar que habíamos desperdiciado estos últimos meses, desde que ella había vuelto a la ciudad, para seguir conociéndonos, y que por eso sabía que lo nuestro tenía menos futuro que Pavarotti bailando el Hula-Hop.
Ella me contestó que no me estaba pidiendo nada, pero que yo le parecía un tío impresionante y que no quería perder el contacto. Le dije que no contara con ello, aunque, conociéndome, acabaría por enviarle algún correo de vez en cuando... Ella sonrió, pero ya no dijo nada. Al rato nos levantamos de la cama y nos separamos en silencio, yo recogiendo mi ropa por el suelo de la habitación y ella vaciando los armarios.

*Célebre chiste del único, muchas veces imitado pero pocas con éxito, Chiquito de la Calzada.

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lunes 2 de noviembre de 2009

Vivir según los propios principios

Mi amigo Dole me preguntó una vez que por qué no vivía según mis principios. Le contesté que porque era un hipócrita, como Groucho Marx cuando decía "Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros". Me lo preguntó a propósito de unas clases de español que nunca llegué a impartir. Había ido hasta el distrito 16 para una entrevista de trabajo en una empresa que se dedicaba a contratar profesores particulares de idiomas y luego a distribuirlos por la ciudad según demanda. La entrevista no fue muy bien y no me contrataron. De la que volvía hacia el metro me metí en un bar que hacía esquina a tomar algo. Estábamos la camarera y yo solos, y en seguida entablamos conversación. Ella era rusa y sabía algo de español, pero quería aprender más. Me ofreció darle clases dos horas a la semana allí mismo, en su bar, y yo le dije que si no me cogían en la empresa que lo haría encantado. Así que me dio su número de teléfono, pagué la cuenta y me fui.
Nunca la llamé a pesar de que no me dieron el trabajo, y a pesar de que me había caído muy simpática y me parecía una buena experiencia: viajar hasta la otra punta de París para darle clases a una rusa simpática en su propio y, por lo que me pareció, poco exitoso negocio. Ahora recuerdo que hasta me atrajo un poco y, sin embargo, no hice nada, seguí sentado en casa lamentándome porque no hacía nada y tampoco hacía nada para remediarlo.

El caso es que, si viviera según mis principios, dejaría de hacer, por ejemplo, estas cosas:

-Fumar (solo lo hago los fines de semana, pero aún así).
-Comprar cosas supérfluas, como más discos y libros de los que puedo escuchar y leer.
-Comer en cadenas de restaurantes de comida rápida.
-Trabajar donde trabajo (valdría con pedir una reducción de jornada para poder seguir estudiando, leer y escribir).
-Vivir con mis padres.

No son grandes cosas, pero es que la Revolución empieza por la pequeña revolución de vivir según los propios principios, y yo, en el fondo, siempre quise ser un revolucionario.

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domingo 25 de octubre de 2009

Tener la razón (a pesar de todo)

Es curioso cómo a veces la amistad consiste en echarle la mierda propia al otro. A mí me pasa con Lorena, mi compañera del trabajo (ahora que lo pienso me pasó más veces, y siempre con amigas...), que desde que lo ha dejado con su novio no tiene otro tema de conversación y esta semana ya tuve que cortarla y decirle que no me lo contara y que su vida giraba en torno a si tener o no tener novio, esa era la cuestión. Para alguien como yo, además, que no sabe muy bien qué es eso de tener novia, es una tortura muy difícil de entender.
El caso es que, a veces, cuando comemos juntos, me doy cuenta de que a ninguno de los dos le importa un pijo lo que el otro le está contando, que no hay verdadero diálogo, y que la cosa se limita a tener un váter delante donde poder vomitar el malestar del día anterior. Y así, aquel día, cuando le espeté lo de que su vida estaba vacía de objetivos más allá del de tener pareja, ella me contestó que la mía era un coñazo de planificación y que parecía la vida de un viejo. Así que discutimos un poco -no mucho porque en el fondo nos apreciamos- sobre cuál de las dos filosofías merecía más la pena y, por supuesto, cada uno creía tener la razón.

Pero al día siguiente, misma hora mismo lugar, me dio por contarle -esta vez yo- que, hacía un par de semanas, había conocido a una chica en un bar y que hoy jueves, como casi todos los jueves -ella se rió lo suficientemente poco como para que yo no me ofendiera y siguiera-, iría a tomar algo con los amigos y probablemente la vería. Entonces cometí el grave error de preguntarle qué debía hacer...
Lorena opinaba que debía pasar de ella, defendía, sin saberlo, la filosofía esta de que "a las mujeres, como a las pelotas de frontón, cuanto más fuerte les pegas, antes vuelven". Yo le dije que pensaba hacer todo lo contrario, ir a hablar con ella y si la cosa iba bien pedirle el número de teléfono para llamarla y quedar otro día. Según Lorena esta era la peor estrategia del mundo (más propia de un viejo aburrido y planificador que de un joven vigoroso y astuto), y desembocaría en el desastre físico, como dijo aquél. Yo entonces ya me reboté un poco y le dije que no tenía ni puta idea, y que cómo coño se suponía que se debía conocer a alguien si no era yendo a hablar con él e intentando quedar para seguir conociéndose. No sé, como hacen los personajes de las pelis de Woody Allen, ¿no? Un día te la presenta un amigo, luego coincides con ella en la pista de squash, luego una cita y así sucesivamente... No sé, ¡lo natural, joder!
Pero nada, mi estrategia estaba equivocada en lo esencial: que ella no me conocía y que, por lo tanto, desconfiaría y no querría quedar conmigo. ¡Acojonante!, desde luego, si esa era la mentalidad de las chicas de por aquí un tipo como yo lo llevaba bastante crudo...

Cuando llegué a bar esa noche ella ya estaba allí. Acompañada de su amiga de la vez anterior y de un tipo que parecía ser el novio de su amiga. Yo saludé a los míos y estuve un rato con ellos hablando de fútbol, pero pensando en lo que Lorena me había dicho al mediodía y dudando un poco de qué hacer, si seguir su consejo y no hacer nada, o si serme fiel a mí mismo y tirarme a la piscina. Al final conseguí juntar las fuerzas suficientes para serme fiel a mí mismo (que son muchas más de las que se necesitan para no hacer nada) y fui hacia ella. La saludé y le pregunté si se acordaba de mí, me sonrió y me respondió que sí, y empezamos a hablar del tiempo. Mientras la amiga me miraba con gesto de "este está claro que quiere algo con mi amiga", yo intentaba hacer de la conversación algo interesante o, al menos, entretenido, pero nada, la chica en cuestión no me prestaba mucha atención y respondía a mis preguntas con monosílabos.
Empecé a pensar que Lorena tenía razón...
Ya a la desesperada opté por la táctica de ganarme al otro chico del grupo, el novio de la amiga, para ver si así ellas dos me aceptaban mejor y la cosa podía avanzar. Fue entonces cuando lo vi: mientras hablaba de baloncesto con Mike, que era muy alto y americano, la chica en cuestión y su amiga se pusieron a cuchichear sobre mí allí mismo, y luego las vi seguir señalando y cuchicheando de todo quisqui que entraba en el local y que a ellas parecía sonarles de algo. Cuando terminé de hablar con Mike, que, por cierto, era un tío majo y en un momento dado se burló de ellas dos porque se reían de un chico que llevaba unas pintas bastante estrafalarias y él les dijo que no todo el mundo podía ser tan guapo como ellas, me despedí cagando leches y salí a fumarme un cigarrillo fuera del bar.
Me senté en el portal de en frente y desde allí llamé por teléfono a Lorena. Le dije que había acertado, pero que yo tenía razón. Me preguntó cómo podía ser eso y le expliqué que porque ella había juzgado la situación poniéndose a sí misma como ejemplo, pero que Kant decía: "Obra sólo según una máxima tal que quisieras que se convirtiera en ley universal de comportamiento para cualquiera y en la misma situación". Ella se rió y me dijo que era verdad, pero que así no me iba a comer un rosco. Le dije que podía ser y lo dejé correr, pero por dentro pensé: "Por supuesto que no me comeré un rosco con alguien como tú ni como esa chica del bar, pero es que para eso prefiero estar solo".

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sábado 24 de octubre de 2009

Smalltown

"When you´re growing up in a smalltown
You know you´ll grow down in a smalltown
There is only one good use for a smalltown
You hate it and you know you have to leave"*.

La gran ciudad puede ser muy dura, chico. Esta vieja loca te va minando poco a poco sin que tú te des cuenta. Y un buen día te levantas por la mañana y te preguntas qué sentido tiene la vida. Pues bien, te lo voy a decir: la jodida vida no tiene puto sentido, maldita sea. Así que cuanto antes lo asumas, mejor. Porque a esta vieja loca no le importa si echas de menos tu granja de Arizona, a tu familia, a tu novia del instituto o al pato Lucas.

Me acuerdo de una época mala que tuve en Madrid, durante el tercer año de carrera, en que me dio por pensar que mi vida habría sido más feliz si me hubiera quedado a estudiar en Oviedo. Pensaba que habría seguido haciendo teatro y que, en lugar de estudiar esta mierda que estaba estudiando, habría hecho filosofía y probablemente a estas alturas ya estaría trabajando de actor en alguna compañía. Hasta que volvía en mí y recordaba las ganas con las que me había ido y lo importante que era para mí, más que la carrera y que cualquier otra cosa, el simple hecho de salir de casa, de conocer gente nueva y vivir por mi cuenta.

El segundo año en París, también en otra mala época, pensaba en volver al hogar y en que la vida allí -aquí- sería más fácil. Al fin y al cabo ya había vivido unas cuantas aventuras y quizás era el momento de regresar a la patria, sentar la cabeza y formar una familia.

Me aburro un poco con mis amigos de aquí -de toda la vida-. Los quiero mucho pero no comparto inquietudes con ellos y a veces es un coñazo. Cuando se ponen a hablar de fútbol sin parar o cuando intento hablar de algo que se sale un poco de lo habitual y cae en saco roto. Como mucho consigo que se rían o que me digan "Ya estás tú con tus movidas", pero eso es todo.

"I can´t get no satisfaction"**.

Así que este próximo fin de semana me voy a Madrid y a Toledo a ver a mis amigos de la universidad, que los echo de menos.

* Última estrofa de la canción de Lou Reed titulada Smalltown, del disco a pachas con John Cale y homenaje a Andy Warhol titulado Songs for Drella. Play it on the jukebox!

"Cuando creces en una ciudad pequeña
sabes que no llegarás a crecer mucho como persona.
La única ventaja de crecer en una ciudad pequeña
es saber que no te gusta y que te tienes que marchar".

**No encuentro satisfacción es el estribillo del clásico de los Rolling Stones titulado Satisfaction.

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miércoles 21 de octubre de 2009

El problema del tiempo. Turning Time Around

El problema del tiempo es una optativa que imparte Pardo en Madrid. Nunca llegué a cursarla porque cuando iba a empezar el segundo cuatrimestre me llamaron a filas. Pero mi amigo Frusciante sí lo hizo y me contó que Pardo siempre está con eso de "darle la vuelta al tiempo".

En las grandes ciudades en general, al menos en Madrid, Londres y París, la gente lee en el metro. Cuando llegué a Madrid lo atribuí al estress y en París al elevado interés cultural de la clase media. Yo, sin embargo, nunca leí en el metro, ni en Madrid ni en París. Y en Londres como mucho leía el mapa para ver dónde me tenía que bajar. Cuando veía a una mujer de mediana edad de pie entre los empujones del resto de pasajeros, con una mano agarrada a la barra y la otra sujetando Crimen y castigo lo flipaba. Pensaba que no se estaría enterando de nada y que yo jamás podría hacer eso: leer en cualquier parte.

Ahora como cada día en el restaurante de la universidad y siempre llevo un libro conmigo. Últimamente no llevo cualquier cosa, nada más y nada menos que La imagen-movimiento de Deleuze. Y entre plato y plato, y nada más terminar el postre, leo una página o dos, lo que me da tiempo en la hora que tengo. Lorena, mi amiga del trabajo, a veces hasta me pregunta si prefiero comer solo porque se da cuenta de lo mucho que anhelo esa media hora de tiempo libre (si hay algo que me atrevo a afirmar categóricamente o que me parece una ley universal irrebocable es ésta: uno no entiende algo hasta que no lo experimenta en su propia carne). Y también está esta otra: uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Con respecto a lo de darle la vuelta al tiempo de Pardo, la verdad es que no lo entiendo muy bien, salvo que signifique lo mismo que canta Lou Reed en Turning Time Around*:

"She says, What do you call love
well I call it Harry

Oh, please I'm being serious

what do you call love

Well I don't call it family and I don't call it lust
and as we all know marriage isn't a must
And I suppose in the end, it's a matter of trust

if I had to, I'd call love time

She says, What do you call love

can't you be more specific
What do you call love

is it more than the heart's hieroglyphic


Not for me, time has no meaning, no future, no past

and when you're in love, you don't have to ask
There's never enough time to hold love in your grasp
turning time around


Turning time around
that is what love is

Turning time around
yes, that is what love is


My time is your time when you're in love
and time is what you never have enough of
You can't see or hold it, it's exactly like love


Turning time around

turning time around
Turning time around

well I gotta have it
I gotta-gotta-gotta have it"**

*Darle la vuelta al tiempo está incluida dentro del disco de Lou Reed titulado Ecstasy. Escúchala en la gramola.

**"Me pregunta: ¿cómo llamas tú al amor?
Lo llamo Harry, le digo.
Venga, va, en serio,
¿cómo llamas al amor?


Pues no lo llamo familia, ni tampoco lujuria.

Y, como todo el mundo sabe, el matrimonio tampoco es la respuesta.
Supongo que al final es una cuestión de confianza.
Si tuviera que llamarlo de alguna forma lo llamaría tiempo.

Me pregunta: ¿cómo llamas tú al amor?
¿No puedes ser un poco más concreto?

¿Cómo llamas al amor?

¿Es algo más que el jeroglífico del corazón?


Para mí, no. Porque el tiempo no tiene significado, ni futuro, ni pasado

y, cuando estás enamorado, no te hace falta preguntar,
nunca hay tiempo suficiente para disfrutar del amor.

Darle la vuelta al tiempo...


Darle la vuelta al tiempo,

eso es el amor.

Darle la vuelta al tiempo, sí,
eso es el amor.


Mi tiempo es tu tiempo cuando estás enamorado,

y de tener tiempo es de lo que no te cansas nunca.

No puedes verlo ni agarrarlo, es exactamente como el amor.

Darle la vuelta al tiempo,
darle la vuelta al tiempo.

Darle la vuelta al tiempo...
Tengo que tenerlo.
¡Tengo, tengo que tenerlo!"

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sábado 17 de octubre de 2009

Todo remite a todo. No limits, no control

Seguro que muchos de vosotros tenéis un amigo cinéfilo, ¿a qué sí? Incluso puede que muchos de vosotros seáis el amigo cinéfilo, ¿me equivoco? De pequeños os tragasteis todas las sagas que salían de Hollywood, pero vuestra favorita siempre fue Regreso al futuro. Ya sé lo que estáis pensando, pensáis ¿cómo lo sabe? ¿Será que es uno de los nuestros? Pues sí, lo soy, pero para este monólogo voy a utilizar la mítica escusa de los pacientes de sicólogo de las películas. Sí, lo habéis adivinado: se trata del truco del "tengo un amigo".
Pues eso, que tengo un amigo que es un apasionado del cine. Se sabe de memoria los diálogos de un montón de películas, aunque sus favoritas son Forrest Gump y El gran Lebowski. Cuando lleva un par de copas encima y está en plan de broma es capaz de mantener una conversación contigo a base de combiar frases de alguno de sus tops y que no te des ni cuenta. Me acuerdo de una noche que conoció a una chica en un bar y de la que ella se gira a pedir una copa me dice al oído: "Top 5 de chico conoce a chica, toma nota". Y juro por lo más sagrao que estuvo más de quince minutos hablando con ella sin decir nada que tuviera el más mínimo sentido, casi todo sacado de diálogos de comedias románticas americanas de los años 80, me confesó más tarde.
A veces, cuando estoy con él, le tengo que decir que pare, porque es contarle cualquier cosa y que te lo compare con alguna película. El otro día le conté que había discutido con un compañero en el trabajo y me dice: "Como en Smoking Room, cuando los compañeros de la oficina le dan una paliza al protagonista y al final de la peli él quema la oficina". Y yo me río y le freno: "Hombre, no tenía pensado llegar tan lejos con el pobre Carlos sólo porque no limpie el filtro de la cafetera...". "Pero es que de eso va la peli, precisamente," -me contesta- "de que un pequeño detalle como ese puede desembocar en una tragedia". Menos mal que al final se da cuenta de lo friki que es y cambia el chip, aunque no suele pasar mucho tiempo hasta que te casca otro "Como en..." de los suyos.
La noche aquella de la conversación-pastiche con la chica, cuando volvíamos para casa, le dije que era un deconstructor del ligoteo, y me preguntó que a qué me refería. Le expliqué lo poco que sé sobre el tema y entonces él volvió por sus fueros y me dijo que la vida era sueño y los sueños sueños eran. Yo esta vez le entré al trapo y le contesté que los sueños no tenían ningún sentido. Mi amigo el cinéfilo asintió y concluyó: "Todo remite a todo. No limits, no control*".

*No hay límites, no hay control es una frase que aparece al final de los créditos del final de la película de Jim Jarmusch titulada Los límites del control. En los mejores cines.

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lunes 12 de octubre de 2009

Asturias, si yo pudiera...

Los viernes por la noche, al salir de la piscina, me gusta ir a cenar solo y después al cine. Cuando vivía en Madrid, solía ir un par de veces por semana y, cuando vivía en París, a veces iba hasta tres. Aquí en Asturias con una es más que suficiente, porque quedan cuatro cines (multicines en los centros comerciales) y a penas estrenan películas interesantes. Normalmente voy a Parque Principado (la caverna más cercana), ceno un plato de pasta con una copa de vino tinto y de postre tarta de queso con mermelada de arándanos por encima. Suelo llevar un libro conmigo, que leo mientras me traen la comida y después de cenar, mientras espero a que empiece la sesión.
La afición a estar solo me viene de los últimos años de universidad, quién sabe si de antes incluso... En Madrid lo hacía los domingos: me iba caminando desde Rodriguez San Pedro hasta la Plaza de los cubos. Compraba la entrada con antelación y me metía en el Café & Té de la misma plaza a leer mientras esperaba a que empezara la sesión. Algunos domingos, en lugar de ir al cine, alquilaba en un videoclub friki que había en Conde Duque y entonces el café me lo tomaba en el bar de la esquina. En París cogía el metro y me iba hasta la Cinématèque. Sacaba la entrada con antelación y cruzaba el Sena por el puente Simone de Beauvoir hacia la Biblioteca François Mitterrand y los cines MK2, donde había una tienda de DVD´s buenísima.
Aquí en Asturias aparco en la entrada de la zona de restaurantes, saco la entrada con antelación y me meto a cenar en el Ginos. La gente me mira porque no están acostumbrados a ver a un hombre joven cenando solo, y menos un viernes por la noche, y mucho menos con los Diarios de Kafka sobre la mesa. Las últimas dos veces que fui me sentí un poco incómodo y no fui capaz de disfrutar de la cena ni de concentrarme en la lectura, y en la última, la peor de mis pesadillas, se hizo realidad:

la camarera me trajo la cuenta y aprovechó para informarme de las ventajas de hacerse socio del Club Ginos. Me dio la sensación de que las mesas de mi alrededor aprovechaban la distracción para observarme impunemente y, de repente, las manos me empezaron a sudar. Conseguí disuadir a la insistente camarera utilizando el tono de voz más bajo que pude encontrar y, cuando se fue, pensé que me había librado de una buena. Pero en esto apareció la encargada pegando voces: "¿Estás seguro de que no quieres hacerte socio? Pero si tú vienes mucho por aquí, te compensa hacerte socio". Las mesas a mi alrededor me atravesaban con la mirada mientras esta gorda infame y la camarera, que había vuelto para apoyarla, no paraba de gritarme y de insistirme mientras agitaba el dichoso cupón en el aire.
Las manos ya me chorreaban cuando, para callarlas de una vez, les dije que sí, que me lo dejaran allí que ya le echaría un vistazo en casa. Pero no iba a ser tan fácil la cosa: "No, no, no, -exclamaron las dos al unísono- el cupón tienes que rellenarlo aquí". Y la camarera me extendió un boli bic mientras sentenciaba como una madrastra: "Ale, venga, rellena los datos y ahora te traigo la cuenta".
Y allí me quedé, temblando del susto y tierra trágame, pero reaccioné. Ya tenía el boli en la mano y estaba a punto de escribir mi nombre cuando levanté la cabeza de aquel asqueroso mantel de tela y decidí que no me iba a hacer socio. Le puse la caperuza al boli, lo posé sobre el cupón y lo moví hacia la esquina opuesta de la mesa. Cuando la camarera volvió le dije que lo había pensado mejor y que no quería hacerme socio. La camarera resopló como un jabalí, agarró el cupón, el boli y el dinero de la cuenta y se dio media vuelta hacia la caja.
Me levanté de la mesa todavía con alguna mirada de la gente y, de la que salía por la puerta, me fijé que las dos verduleras comentaban indignadas mi negativa a hacerme socio del Club Ginos. Camino de la sala del cine pensé que probablemente siempre me habían visto como a un tipo raro y solitario, pero que desde ahora, además, lo harían como a un estúpido y un borde. También pensé que era el precio que tenía que pagar por vivir en Asturias.

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